martes, junio 24, 2008

Adolfo: una introducción


Adolfo decidió que a partir de hoy no miraría más televisión en la cama. Cambió la almohada sintética por una de plumas y se acostó a mirar el techo luego de almorzar. Él sabía como eran las cosas. Bueno, al menos, algunas cosas. Detestaba las tazas de loza porque le ponían la piel de gallina, pero cuando todas las tazas de vidrio estaban sucias (algo muy común, por cierto), revolvía el café con leche con el dedo. De paso se lo calentaba (el dedo, claro).

Odia el invierno y ama la primavera. Siempre fue así. Y sabe, supo, que Silvina, su ex mujer, detestaba cualquier estación del año que no fuera el verano. Cada vez que piensa en ella siente algo difícil de explicar. Algo así como salir de la ducha y darse cuenta de que se olvidó de la toalla. O, simplemente, levantarse de la siesta y descubrir que no hay nadie en casa con quien hacer planes para la noche.

Todos los años, alrededor del 15 de diciembre, Silvina empezaba con los aprontes de la valija. Y tres días antes de Navidad, sin más, se iba bien lejos. Sola. A veces a San Pablo, a veces Marruecos o Israel (donde se había hecho amigos en su viaje de egresada en la universidad). Ella amaba Israel, por más que no fuera judía, católica ni musulmana. Sólo creía en sí misma. Y en nadie más.

Adolfo la recodaba con cariño. Pero a veces, sólo a veces, pensaba en ella y cerraba el puño con tanta fuerza que lograba lastimarse la palma de la mano con sus largas uñas sucias. Su jubilación de ex funcionario público era considerable y no hubiera tenido ningún problema en desayunar, al menos, tres veces por semana en el restaurante de la esquina. Pero se sentía abatido. Tan abatido como hace tres, cuatro, cinco años, cuando lo dejó Silvina. Miraba el techo desde su cama y pensaba en ella. “Qué estúpida es Silvina”, pronunciaba todas las mañanas. Y el resto del tiempo lo ocupaba en llenar su libro, al que denominaba “Exégesis y sinsentido de una vida muy teórica”. Y hablo de “llenar” porque no era propiamente “escribir”. Se trataba de dos simples listas: una de placeres y otra de desencantos. Allí escribía todo lo que recordaba (y lo que sentía actualmente) como placer o como desencanto. Le parecía muy divertido. La idea la había tomado del libro de Zadie Smith, El cazador de autógrafos, en donde el protagonista escribía un libro que se llamaba “Judaísmo y gentilismo”. A él le parecía muy divertido. Y soñaba con que, algún día, alguien lo encontrara muerto en su cama junto a su obra humilde y freak en la mesita de luz: “Exégesis y sinsentido de una vida muy teórica”. Ese era su sueño. Ese sería el momento cúlmine de su vida. Allí donde todo lo teórico se vuelve realidad. Donde lo aprendido en la Universidad, finalmente, te sirve para alguna maldita changa.


P.D. Silvina es menor que Adolfo. Veinte años menor. Y el móvil de su casamiento con este hombre es aún un misterio.

11 comentarios:

H dijo...

Lindo sueño. Linda siesta. Gracias a Dios morimos a tiempo. PD: lo que uno aprende en la uni sirve para aplicarlo al revez.

Walrus dijo...

Buen título choleado de Salinger.
Adolfo, judaísmo...¿qué es todo esto?

Sobre el post anterior, eso ya tuvo su momento de gloria. Es un diálogo excelente, muy pero muy fantastic. Pero es refrite.

Adio!

Bloody dijo...

"Seymour: una introducción" jaja, Walrus, si lo tendré incorporado que ni lo noté.

Si... Adolfo y judaísmo. Sabía que iba a haber algún reclamo. Pero no es ESE Adolfo.

Mapache Polanski Polanga Pollo Javi dijo...

Capaz el libro de Adolfo se convierte en un bestseller del grupo Planeta, o no. Capaz que la policia lo encuentra muerto y con el libro encima, y un oficial lo lee y dice: "qué mierda escribió
este viejo loco??"
Nunca se sabe, final abierto para un muerto. Pregunten a Van Gogh sino.

sandra rubio dijo...

Buscar la inmortalidad a traves de las palabras, lindo sueño humano....

Besos.

La otra parte de mí dijo...

sii,la inmortalidad a través de nuestros escritos me parece algo formidablemente bello.

Minerva dijo...

Un relato existencial para publicar (el tuyo, pero no el de Adolfo, eso está claro). Besos.

Z E N dijo...

Sabe que? se mi vino a la cabeza, cuando Delmira Agustini, le manda una copia de sus poemas manuscritos y una carta personal a Vaz Ferreira...y claro, ella una chiquilina y el, un filósofo ya viejito, le contesta: "ayy mija, yo no se de donde saca esa cabeza todo lo que escribe...".

En este caso, me gustó mucho el filo de las sospechas que planteas de los personajes.
Lo disfruté, me gustó.
Pero...una pregunta.
Seguro que es un misterio e móvil del casamiento de Silvina?
Que supone Ud. que puede ser?

Un beso grande.

Arkadia dijo...

Tengo una amiga que cuando era chiquita creia que se iba a morir pronto. No sé, ponele que a las 8 pensaba que no iba a sobrevivir a los 12.

Entonces, escribía todos los días un poco. Escribía filosofía pre-adolescente (muy pre), para que, al morir, se publicara todo aquello que ella consideraba como "una vida entera resumida en 12 años" Una vida muy teórica.

Sigue viva. Por suerte.

stanley dijo...

suicidio o muerte natural?

que paradójico el deseo de permanecer presente en palabrs luego de muerto y rechazar toda posibilidad de participar en el mundo de carne y hueso mientras uno todavía respira.
que paradójico y que común.

un beso.

sandra rubio dijo...

Solo pasaba a darle un abrazo, porque sé que a veces se agradece.

Aquí lo tiene.
Espero que esté creando mucho.
Se la quiere.