sábado, abril 18, 2009

Artilugios para la memoria


Calamaro decía, en alguno de sus temas de Honestidad Brutal: “Entre recordar y olvidar me quedo con las dos cosas”. La memoria genera dolencias humanas desde el principio de todos los tiempos. Está aquel que quiere olvidar y aquel que quiere recordar. En general, la evocación humana es inversamente proporcional a los deseos de cada persona. Es decir: si Fulana quiere borrar a su novio porque la engañó, lo más probable es que lo recuerde para toda su vida. Y viceversa: si Mengano pretende recordar el cumpleaños de su madre le será imposible. Qué dilema.

Me interesa, más que nada, aquel buen hombre que, por más que intenta, no puede llevar una vida organizada, asistir a todos sus compromisos (y de manera puntual), recordar todos los cumpleaños y las fechas patrias (desconocidas, ¡olvidadas!, por algunos de nuestros gobernantes en la encuesta que televisó Zona Urbana). Todo es culpa de la escasa memoria: no hay malas intenciones. Así, las grandes empresas hacen negocio con artefactos para que los indefensos, desarmados seres humanos, se enfrenten a su dolencia. Agendas, calendarios, Outlook, cámaras de foto y video son sólo algunos ejemplos.

Esta realidad me toca de frente, pues soy una de esas olvidadizas empedernidas que deambulan junto al resto de los mortales. Pero ojo: nunca llego tarde ni olvido cumpleaños. Y Todo se debe al buen uso de los artilugios para la memoria: dos agendas, dos calendarios, Facebook, Outlook, cartelitos pegados por todo el escritorio, cartelera y la lista sigue. Me gustan las formas caseras para memorizar por su carácter artístico. En mi escritorio un montón de papeles de todos los colores y tamaños, escritos con tintas diversas, con hermosa desprolijidad, se abanican elegantemente (o no) desde una palillo con forma de flor. Mi cartelera, bonita y multifacética, decora mi cuarto con un desorden controlado: recortes de diarios, frases escritas a mano o computadora, fotos de Johnny Depp y Tim Burton, Meryl Streep, Bush abrazando un conejo de pascuas, horarios, dibujos y otros recordatorios sagrados y profanos. Y entre tanto papeleo, una hoja reza: “Kit de reducción de estrés: golpear la cabeza aquí” (muy útil para las memorias sobrecargadas).

En una repisa descansan los enormes sobres amarillos, con diferentes clasificaciones, donde archivo recortes de diario, folletos, papeles, entradas de cine, teatro y conciertos, souvenirs de cumpleaños e infinidad de cosas. Dos por tres, cuando tengo tiempo libre, los reviso y reordeno. Cada objeto lo observo como si fuera único y primerizo (es como si lo fuera). A veces me avergüenzo por faltas de ortografía degradantes, propias de mi adolescencia o niñez, que se expanden a lo largo de notas y otros escritos. No importa: nada como vivir organizado.

Si bien la memoria puede jugar una mala partida a la hora de cumplir con los quehaceres laborales, estudiantiles y personales, el buen uso de los artilugios para el recuerdo resultan una gran ventaja competitiva. Ningún cerebro memorioso compite con mi completo registro. El arte es subjetivo, dicen.

lunes, enero 26, 2009

Aproximación


Le dije hasta mañana y me dijo hasta lueguito.


P.D. La imagen es de María Burgaz.

sábado, enero 24, 2009

Periodista


Registraré todo lo que vi para que lo veas con tus propios ojos. A veces, sólo a veces, te contaré lo que sentí y lo maquillaré un poco para hacerlo más agradable a la vista. Le impondré mi personalidad y mi estilo.

Cuando la urgencia lo requiera moriré de adrenalina. Me asombraré contigo siempre. Y cada uno de mis días, que también son los tuyos, tendrán algo distinto en forma o contenido.

Escucharé tanto a los grandes como a los pequeños. Preguntaré detalles irrelevantes y te construiré una historia bonita. Visitaré lugares insospechados, olvidados, para traerlos a coalición nuevamente. Será como visitarlos juntos.

Jamás mentiré. Tendré cuidado de no ilusionar ni asustarte con falacias. Prometo no jugar contigo ni conmigo.

jueves, enero 15, 2009

Fellini en el Cabo


Exceptuando esas quince familias de pescadores a las que pienso visitar en invierno, allí todos son turistas en busca de aventuras, tranquilidad y relax. Dejan sus trajes de oficina en la Ciudad Vieja de Montevideo y emprenden un viaje prometedor en sus camionetas 4x4 que estacionan a la entrada, sin temor a abandonarlas hasta el regreso a casa.

Se desprenden de todo, porque el equipaje es pesado. Saltan en un camión abarrotado que los lleva al fin del mundo y no les importa reventarse las costillas, el trasero o vaya a saber qué. Y después llegan a la tierra de nadie. Allí donde no hay árboles y todo es radiante y multicolor. Donde el olor a lobo marino muerto se compensa con las ricas fritatas de pescado o las caipirinhas recién elaboradas.

Allí los mozos de los restaurantes son amables y bailan al son de la música reggae. O la salsa. O el merengue. Eso no importa. Dan consejos turísticos y hablan de viajas leyendas populares de las que no creen, pero prefieren contar por si acaso. Ellos también dejaron una vida en Montevideo por tres meses. Saben que no pueden ser completamente felices sin estas playas desbordantes de juventud. Y que en ningún otro lado pueden andar sin apuros, sin responsabilidades ni contratiempos.

Acá no hay flores pero es como si las hubiera. La gente baila en las rocas por la mañana y me recuerda a La dolce vita de Federico Fellini. O Alicia en el país de las maravillas. ¿Será que estoy en el país de las maravillas?


P.D. La foto la sacó D.

lunes, diciembre 08, 2008

Las hormonas en el club


Ella lo mira de manera pícara. Vuelve su cabeza hacia atrás y ahí está él, el tipo más adinerado de la vuelta. Es feo y físicamente desproporcionado. Sus piernas parecen patas de tero, pero los brazos son tan musculosos como los de Rocky Balboa. Tez café y boca bien grande. Tiene cuarenta y tantos años. Pero es feo por dentro y fuera.

Ella lo mira de manera pícara. Es delgada y alta. La cara, bueno, podría estar mejor. Pero tiene la cola levantada como una chica de veinte, aunque tenga 45 años. Se mira en el espejo y no hace absolutamente nada. La mujer coqueta coquetea. Alevosamente.

Él se cree hermoso. Sí: porque “billetera mata galán”. Y pasea por la sala esperando que cualquiera ojee sus piernas delgadas depiladas.

A ella le digo que va a ser cornuda. A él le digo que trabaje esas piernas porque acá, y en todos lados, las cosas caen por su propio peso. Y no es aconsejable tener problemas de cimientos.

viernes, noviembre 21, 2008

Los clichès


Él se considera excepción, parte de la elite, del extremo positivo del mundo. Y yo voy esquina a esquina tratando de comprar jazmines y no consigo. Y cuando por fin encuentro, el semáforo está en verde y pierdo la oportunidad. Es el tren que pasa, como dice Calamaro “por la casa de la gente que no está en su casa”.

Y ahora estoy en casa. Y el tren pasó. Aunque no consiga jazmines ni limpiavidrios cuando los necesito. Aunque demore en terminar de leer esa novela que quiero acabar y no puedo.

Hoy me voy a festejar que no conseguí jazmines. Porque una primavera sin jazmines puede seguir siendo primavera. Y la gente ama el olor de los jazmines en su dormitorio. La gente ama los clichés porque son como volver a casa.


P.D. En la foto, los hermanos Grimm.

domingo, noviembre 02, 2008

Las actrices no mienten


Ella es actriz, repito. ¿Y tú cómo reconocerás cuando esté fingiendo esa sonrisa ante la foto? ¿Dónde están los límites de lo real y lo ficticio?

¿Y a ella? ¿Quién le garantizará que él, que no es actor, sea completamente real, completamente transparente?

Ahora aguarda para la función y se tranquiliza nuevamente. Dice que no le importa. Que la mentira no existe y que estamos en primavera, la estación de las frambuesas (¡cómo se repite a sí misma!). Que su escenario es la vida y la vida un escenario. Que prefiere las fotos viejas a las actuales (si son sepia, mejor). Que no le importa sonrojarse. O que ya no se sonroja.

Y se detiene, observa, pregunta por qué y agarra su cabeza de forma desconsolada. No quiere que el tiempo pase. No quiere relojes ni calendarios. Sólo añora leer ese último verso que tanto le gusta, ese final abierto y desproporcionado. Ese final soberbio.