Artilugios para la memoria

Calamaro decía, en alguno de sus temas de Honestidad Brutal: “Entre recordar y olvidar me quedo con las dos cosas”. La memoria genera dolencias humanas desde el principio de todos los tiempos. Está aquel que quiere olvidar y aquel que quiere recordar. En general, la evocación humana es inversamente proporcional a los deseos de cada persona. Es decir: si Fulana quiere borrar a su novio porque la engañó, lo más probable es que lo recuerde para toda su vida. Y viceversa: si Mengano pretende recordar el cumpleaños de su madre le será imposible. Qué dilema.
Me interesa, más que nada, aquel buen hombre que, por más que intenta, no puede llevar una vida organizada, asistir a todos sus compromisos (y de manera puntual), recordar todos los cumpleaños y las fechas patrias (desconocidas, ¡olvidadas!, por algunos de nuestros gobernantes en la encuesta que televisó Zona Urbana). Todo es culpa de la escasa memoria: no hay malas intenciones. Así, las grandes empresas hacen negocio con artefactos para que los indefensos, desarmados seres humanos, se enfrenten a su dolencia. Agendas, calendarios, Outlook, cámaras de foto y video son sólo algunos ejemplos.
Esta realidad me toca de frente, pues soy una de esas olvidadizas empedernidas que deambulan junto al resto de los mortales. Pero ojo: nunca llego tarde ni olvido cumpleaños. Y Todo se debe al buen uso de los artilugios para la memoria: dos agendas, dos calendarios, Facebook, Outlook, cartelitos pegados por todo el escritorio, cartelera y la lista sigue. Me gustan las formas caseras para memorizar por su carácter artístico. En mi escritorio un montón de papeles de todos los colores y tamaños, escritos con tintas diversas, con hermosa desprolijidad, se abanican elegantemente (o no) desde una palillo con forma de flor. Mi cartelera, bonita y multifacética, decora mi cuarto con un desorden controlado: recortes de diarios, frases escritas a mano o computadora, fotos de Johnny Depp y Tim Burton, Meryl Streep, Bush abrazando un conejo de pascuas, horarios, dibujos y otros recordatorios sagrados y profanos. Y entre tanto papeleo, una hoja reza: “Kit de reducción de estrés: golpear la cabeza aquí” (muy útil para las memorias sobrecargadas).
En una repisa descansan los enormes sobres amarillos, con diferentes clasificaciones, donde archivo recortes de diario, folletos, papeles, entradas de cine, teatro y conciertos, souvenirs de cumpleaños e infinidad de cosas. Dos por tres, cuando tengo tiempo libre, los reviso y reordeno. Cada objeto lo observo como si fuera único y primerizo (es como si lo fuera). A veces me avergüenzo por faltas de ortografía degradantes, propias de mi adolescencia o niñez, que se expanden a lo largo de notas y otros escritos. No importa: nada como vivir organizado.
Si bien la memoria puede jugar una mala partida a la hora de cumplir con los quehaceres laborales, estudiantiles y personales, el buen uso de los artilugios para el recuerdo resultan una gran ventaja competitiva. Ningún cerebro memorioso compite con mi completo registro. El arte es subjetivo, dicen.










